Ay, Bruja, te lo ganaste por andar por ahí:
La bruja camina por el bosque, camina con una gran botella y brebajes indescriptibles dentro de ella, hic hic, la pancita ya arde y la bruja está por desmayarse. Camina ya sin elegir el camino sino dejándose de llevar, se topa con un árbol y azota y ahí queda. Abre sus ojitos y es de día otra vez, la cabeza va a explotarle por querer sentir la magia y aflojar las angustias, bruja pero qué viniste a hacer: cinco, siete, doce, dos niños juegan a correteadas y no se agotan ni de correr ni de reír. No le ve dolores de cabeza ni angustias a ninguno. Qué bonito, piensa la bruja, y entonces ella se acuerda por qué le gustaba jugar también así.
Ve al chiquillo, al chamaco, al menso, al morro, al chiquito.... la bruja ve al niño y se le voltea el corazón: y, con el corazón volteado, se le altera toda la respiración, el mar y se incrementa la tensión. El niño no la ve y él juega con otras niñas, niñas de verdad y nada viejas, como él, todo lo contrario de la bruja boquiroja, que la bruja largocabello. Lo ve, lo ve, lo ve y el niño juega casi hasta de más; la bruja quiere salir y plantársele de frente pero no lo hace, no puede, el niño es mal portado pero la bruja no tiene que ir a regañarlo, no puede ir del otro lado. Además, los otros niños se asustarían, y es que ninguno de ellos entendería por qué aquél niño, tan buenisano que aparenta, tendría algo qué ver con la bruja que corrieron del pueblo, ésa de la que hablan, de la que inventan; la bruja que provoca las tormentas.
Conjuros, brebajes, pociones: qué estúpidas son estas emociones.
La bruja no puede más ver esa imagen, no puede seguir escuchándolo reír: es esa risa la culpable de que el dolor de cabeza se haya ido, pero la bruja sabe que prefiere seguir con el dolor que ser curada por ese niño irresponsable y grosero: niño maleducado, de vuelta con tus padres o tus hermanos.
Éste es tu sino, éste es sólo un niño.
Camina, pues, tambaleándose la bruja; azota contra El Oso y se le arroja encima: Oso no, Oso no, Oso, no quiero. Por su parte, El Oso la chiquea, le pasa sus garrotas lo más dulce que éste puede y le explica sabiamente: "Niñas con niños, osos con osas. Zorros con zorras, perras con perros. Víboras, sapitos y ratones, todos la misma cosa, todos juntos de a montones."
-¿Y las brujas?- preguntó la brujita esperanzada, con ojos que brillaban por la humedad, dilatada la pupila y los párpados ya sin más que les pudieran hinchar.
El Oso suspira y se da cuenta de que de nada hubo ayudado todo lo que hubo dicho, pues, lo siguiente no es tan fácil, para una brujita, de digerir:
-Con ustedes las brujas... no hay tal cosa: Tú, la bruja, te quedas con tu magia; exaltas la de todos cuando llegamos, haces posible lo imposible -por eso nos vamos-. Tú eres bruja y tienes hechizos, tú encantas, tú sola, tú... ¿para qué te miento? Te quedarás al final sola... allá afuera tú no encajas.
Cómo lo sabías, te hacías boba porque te gustaría ser como ellos: reprimirlo todo lo más dentro, cambiar por carbón el níquel que se esconde ahí en el centro. Vitrales, cristales, espejos, vidrios sucios y viejos.
Berridos llenos de miedo, suspiros llenos de tristeza, pavor, piernas flacas y maromas. Todas las navidades, los zapatos y sus suelas. En el bosque todos se enteraron pero todos entendían; allá afuera nadie hubiera entendido pero, de cualquier manera, a la bruja nadie la oía.
Honestamente la bruja siempre supo, sinceramente la bruja nunca lo olvidó: "Los niños con niñas, las brujas solas con su magia que hace posible lo imposible..." punto y aparte, se acabó.